Hay personas que parecen estar marcadas por una pasión que atraviesa toda su vida. Eusebio Guiñazú es una de ellas. Ex Puma, jugó en los principales equipos del rugby mundial y vivió en países como Francia, Inglaterra, Irlanda y Sudáfrica. A pesar de esa trayectoria internacional, conserva la misma forma de hablar y de sentir que cuando jugaba en Mendoza con sus amigos. Porque para él, el rugby siempre fue eso: una manera de compartir, de pertenecer y de mantenerse cerca de los suyos
«Nunca en mi vida jugué al rugby para que sea un medio para otra cosa. Ni cuando era amateur, ni cuando fui profesional. Siempre jugué porque me apasionaba», dice con claridad. A los 21, cuando el rugby todavía no era profesional en Argentina, se enfrentó a una decisión: quedarse o irse a jugar afuera. Eligió Tulón, Francia. Y sin saberlo, eligió también una vida nómada, intensa y llena de aprendizajes.
Esa vida lo llevó a compartir equipos con ídolos que antes tenía en posters. A entrenar con los Springboks en Sudáfrica, a jugar una final de Super Rugby en Soweto, a caminar por las calles de Limerick con miles coreando su nombre. Y sin embargo, uno de sus momentos más duros lo vivió ahí: “Fue mi momento de mayor soledad. Había 20.000 personas cantando mi nombre, pero yo estaba solo. No estaban mis viejos, ni mis amigos, ni mis hermanos. Y sentí que estaba cerrando todo lejos”.
“Lo más difícil del alto rendimiento no es el contacto físico. Es la soledad”, suelta como quien se saca una espina. Pero no hay rencor en sus palabras. Hay perspectiva. De hecho, dice que sus grandes aprendizajes no llegaron con las victorias ni las medallas, sino cuando quedó afuera de un Mundial o tuvo que anotarse en la oficina de desempleo en Francia. “Ahí entendí que no era ‘el de los Pumas’. Era Eusebio. Y eso no dependía de ninguna camiseta.”
Hoy mira todo desde otro lugar. Comenta rugby en ESPN, entrena, emprende, y sobre todo, piensa. Habla de clubes como sistemas pedagógicos, como lugares que forman personas, no solo deportistas. “Un club exitoso no es el que más campeonatos gana. Es el que hace que la gente se quiera quedar. Que te deja enseñanzas para la vida”, dice. “Si una persona va a pasar 15 años de su vida en un club, ese lugar tiene que ser una escuela de formación humana.”
También reflexiona sobre cómo cada país que lo recibió dejó una marca. La rigurosidad inglesa, la bohemia francesa, la calidez irlandesa. Pero si hay un lugar que lo partió en dos fue Sudáfrica: “Viví en Ciudad del Cabo, jugué con tipos que hablaban tres idiomas distintos. Entendí lo que Mandela logró con el rugby. Es una cultura que te obliga a adaptarte y te transforma.”
“El alto rendimiento me dio hábitos que aplico hoy en todo: en mis empresas, en mi vida personal, en mi forma de vincularme”, dice. Y lo dice como quien se hizo solo, pero con un club atrás, una familia firme y la humildad intacta. Como buen mendocino, como buen Puma, como buen tipo.
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