El 18 de julio de 1994, a las 9:53 de la mañana, una bomba explotó en la sede de la AMIA. 85 personas murieron. Alejandro Miroshnik no fue una de ellas. Aunque podría haberlo sido. Estuvo 8 horas atrapado bajo los escombros. Solo. Con la pierna quebrada. Pensando que el ascensor había caído, sin saber que era el edificio el que se había venido abajo.
Sin saber que todo había sido un atentado.
La historia de Alejandro es de esas que parecen sacadas de una película. Deportista, trabajador, amante del triatlón, llegó a su oficina en bici, fue a nadar y subió al quinto piso como todos los días. Pero esa vez, los diarios no estaban. Bajó a buscarlos. Volvió a subir. Y ahí, el mundo se rompió.
«Jamás pensé que me iba a morir», dice. “Yo estaba mentalizado como para una carrera. Era solo cuestión de aguantar”. Y aguantó. Lo sacaron los bomberos a las 7 de la tarde. Perdió movilidad. Le dijeron que no iba a volver a correr. Hoy, corre carreras de montaña, da charlas y entrena a 24 deportistas en Córdoba. Es sobreviviente, sí. Pero también es un tipo que inspira.
Dice que el Alejandro anterior murió ese día. Y que nació otro: uno más testarudo, más luchador. Uno que no llora, pero no porque no sienta, sino porque todo lo que tiene para dar, lo pone en seguir. En moverse. En vivir.
«Del Estado, sí me siento acompañado. De la gente, no». Porque cada año, cuando pasa el 18 de julio, el tema se apaga. Se olvida. Hasta el próximo aniversario.
Desde Bardo, conmemoramos este 18 de julio contándote esta historia. No para que llores, sino para que no te olvides.
Porque como dice Alejandro: «Lo mejor está por venir.»
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