Charlamos con Matías Sandes, uno de los referentes más queridos del básquet argentino. Desde sus primeros piques en Murialdo, pasando por Boca Juniors en los años dorados del deporte nacional, hasta su presente compartiendo cancha con su hijo. Una historia que combina pasión, humildad y una búsqueda constante por cerrar el círculo donde todo empezó: ser campeón en Mendoza.
Sandes recuerda su salto de Murialdo a Boca como un salto al vacío. Tenía apenas 17 años cuando dejó Mendoza para mudarse a Buenos Aires. “Un chico de Murialdo de Mendoza se encontraba todas las noches allá en Puerto Madero… era difícil”, cuenta, evocando esos años de adaptación y soledad en un mundo donde el básquet convivía con el brillo del fútbol. En un club como Boca, donde en la misma época brillaban Palermo, Bianchi y Riquelme, el básquet resistía con identidad propia. “Fue raro que un club como Boca apueste por los del interior, pero nos tiraron a la cancha y eso nos hizo crecer”.
Entre los temas inevitables, aparece la Generación Dorada, ese fenómeno que cambió para siempre el básquet argentino. Sandes lo vive con respeto y realismo: “Argentina hacía parecer que todo eso era fácil, pero hay que salir de esa burbuja. No existe que estemos en ese puesto todo el tiempo”. Habla del sacrificio mental detrás del éxito y reconoce que, si bien fue parte de una camada brillante, la cabeza fue su mayor rival: “Siempre me creí menos, creo que con otra cabeza hubiese llegado más lejos”.
A pesar de los títulos, medallas y anillos, confiesa que no guarda nada. “No tengo medallas, diplomas ni anillos. No me interesa. Solo guardo camisetas”, dice, con una honestidad desarmante. Su vínculo con el básquet hoy pasa por otro lugar: compartir la cancha con su hijo y volver a sentir el juego sin presiones. “Jugar con él me motiva. Quiero salir campeón en Mendoza. Me falta eso”, asegura.
Cuando mira hacia el futuro, lo hace con una mezcla de realismo y esperanza. Sabe que el básquet mendocino necesita más estructura, pero no pierde la fe. “Hoy ningún club tiene infraestructura para estar en la Liga Nacional. El más cercano es Godoy Cruz, porque tiene la espalda del fútbol”, explica. Y aunque se define como “raro” y asegura que no volvería a ver psicólogos deportivos, su lucidez sigue intacta: “El entrenador tiene que ser bueno en el manejo de grupo. Lo táctico se aprende, lo humano no”.
Una charla sin poses, sin bronce ni héroes. Solo un tipo que hizo historia, que sigue jugando, y que todavía busca cerrar su propio partido en casa.
Mira la nota completa aqui:
