En este nuevo episodio de Bardo Fierros, charlamos con Julian Dabin, corredor de motos que no solo desafia el tiempo, sino también al cuerpo, la suerte y el miedo. “La primera vez que te caés fuerte, sabés que si volvés a subirte es porque de verdad amás esto”, comentó Juli. Y no hay forma más clara de explicarlo.
Lo que para cualquiera sería peligro, para él es pulsión de vida. Corren sabiendo que una mala maniobra puede costar todo. Sin embargo, en vez de frenar, aceleran. Y no es inconsciencia: es una manera de habitar el presente con intensidad. Hablamos del vértigo, del foco absoluto que exige una carrera y del tipo de conexión que se genera entre la máquina y el cuerpo. «No hay tiempo para pensar, solo para sentir», definió.
Entre anécdotas de pista, huesos rotos y maniobras imposibles, salió algo más profundo: la soledad del piloto. Porque cuando estás en la curva, con el viento cortándote la cara, nadie más puede hacerlo por vos. Es un viaje interno, donde la confianza en uno mismo es todo lo que hay. “En ese momento, o confiás en tu línea… o volás”, dijo uno de ellos con una mezcla de orgullo y cicatriz.
También se compartió acerca de la comunidad: lo que pasa después de la carrera, en el taller, en las rutas compartidas. De cómo el motociclismo, lejos de ser solo una competencia, construye familia. Y de los que se fueron, porque en este mundo, las pérdidas son parte del camino. La velocidad tiene su costo, pero ellos igual eligen pagarlo, porque la pasión no se negocia.
En un mundo que vive con miedo al error, Julian eligió correrlo. Y aunque no todos entendamos lo que se siente ir a 200, hay algo universal en lo que cuentan: ese deseo de sentirlo todo, de no guardarse nada. Porque para algunos, vivir rápido no es escapar… es encontrarse.
