En un nuevo episodio de Agrobardo, el espacio que pone la lupa sobre el presente y futuro del campo mendocino, la mesa recibió a un referente indiscutido en frutos secos: Juan Giugno. Con más de tres décadas de experiencia y un recorrido que arranca en los años 90 con los desarrollos en Pedernal, el especialista repasó cómo el nogal pasó de ser un cultivo marginal a convertirse en una alternativa seria frente a la crisis vitivinícola que atraviesa la provincia.
La charla giró en torno a una pregunta inevitable: ¿qué hacer con las hectáreas de viñedo que hoy ya no son rentables? Según Giugno, la reconversión no es nueva, pero sí urgente. Mendoza pasó de tener unas 2.000 hectáreas de nogal en los 90 a alrededor de 5.500 o 6.000 productivas en la actualidad. Con rendimientos que pueden escalar hasta los 8.000 kilos por hectárea bajo manejo intensivo —muy por encima del promedio nacional—, el cultivo muestra números atractivos, siempre que haya escala, eficiencia y mecanización.
El nogal, explicó, ofrece ventajas estratégicas: menor exposición a heladas tempranas, buena tolerancia al granizo una vez endurecida la nuez, demanda sostenida y un mercado que absorbe producción tanto en cáscara como en pulpa. Argentina consume cerca del 50% de lo que produce y el resto se exporta a destinos como Brasil, Italia o Turquía, aprovechando la ventana comercial del hemisferio sur. Sin embargo, el freno histórico al crecimiento no fue técnico sino financiero: altos valores de la tierra, falta de crédito y una inversión inicial que puede rondar los 25.000 dólares por hectárea sin contar el campo.
Más allá de los números, el mensaje fue claro: la reconversión será, en muchos casos, forzada. Con productores descapitalizados y cambios estructurales en el consumo, el futuro agrícola de Mendoza dependerá de proyectos escalables, reglas claras y cultivos que permitan mecanización y eficiencia. El nogal —junto al pistacho y otros frutos secos— aparece como una pieza clave en ese tablero. Porque si el mundo demanda alimentos y Mendoza tiene agua, tierra y cultura de trabajo, el desafío no es si reconvertirse, sino cómo y cuándo hacerlo.
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