En un nuevo episodio de Bardo junto a Max Capital, nos visitó Carlos Messina: el hombre detrás de una empresa que mueve todo, menos el país. Al frente de Transportes Messina S.A., Carlos nos abrió la puerta a un mundo donde los camiones no solo cruzan fronteras, sino décadas enteras de quilombos, reinvenciones y rutas rotas.
69 años atrás, un joven con vocación por los camiones —y cero experiencia en logística— decidió abandonar su carrera universitaria y salir a la ruta. Así empezó Transportes Messina, con un solo camión y una obsesión: moverse. Hoy, la empresa tiene más de 100 unidades, operaciones internacionales y una historia que recorre toda la Argentina. «Mi papá arrancó con un camión Escoda. Malísimo. Pero lo manejaba él, con toda la voluntad del mundo», recordó Carlos.
Mover mercadería en este país es una carrera de obstáculos, y no solo por el estado de las rutas. Carlos contó cómo su familia cruzaba a Chile antes de que existiera el túnel Cristo Redentor —»Se usaba el túnel del ferrocarril, en tráfico diferido»—, y cómo hoy, en plena era digital, seguimos con trámites en papel. “Parece que estamos volviendo a los 70”, dijo. Porque mientras el mundo habla de inteligencia artificial, nuestros camiones hacen cola días enteros porque no se coordinan los organismos de control. Y eso, además de generar pérdidas millonarias, tira por la borda cualquier intento de eficiencia.
El detrás de escena del transporte tiene más tensión que una película de acción. Desde cargas con custodia armada hasta robos dignos de un guión: “Nos robaron un camión con precinto electrónico y la empresa que lo monitoreaba ni se enteró. Les avisamos nosotros”. Con historias así, no sorprende que Messina sea conocido en el sector como alguien que “la vivió toda”. Y la sigue viviendo, ahora acompañado por sus hermanos, sus hijos, y una generación que se asoma con la difícil tarea de tomar el volante.
La industria del transporte es brava. Altos costos, mucha competencia, sindicatos fuertes, impuestos que se llevan más del 50% de lo que factura una empresa, y clientes que cambian de proveedor por dos centavos. “Es oferta y demanda. Desgraciadamente, es así”, soltó Carlos con una mezcla de resignación y experiencia. El margen de error es mínimo. Y el margen de reinversión, obligatorio. «Nuestro activo se vuelve chatarra rápido. Si no reinvertís, te quedás».
Pero hay algo que todavía no se rompe: el compromiso. Ese que atraviesa generaciones, que se hereda de padre a hijo y que —aunque algunos ya consideren vender todo y abrir un bar en la playa— todavía persiste. «Nos preparamos para competir, para adaptarnos. Lo que viene no va a ser fácil, pero no nos asusta». Ni los túneles, ni los retenes, ni la inflación. Porque mientras haya un camión con motor prendido, los Messina van a seguir en la ruta.
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