En una entrevista cargada de emoción y valentía en Bardo Deportivo by Lila, conducido por el querido Tano Robles, Marcelo Rosende, exjugador de Independiente Rivadavia en los años 90, se sinceró sobre su tumultuosa vida dentro y fuera de las canchas. Entre recuerdos de goles memorables y noches gloriosas, Rosende narró las sombras que marcaron su infancia, su caída en el mundo de las adicciones y su posterior lucha por reconstruir su vida.
Marcelo Rosende nació en Avellaneda, Buenos Aires, en un hogar humilde. Desde pequeño enfrentó duros episodios que dejaron cicatrices emocionales profundas. Relató abusos sufridos en su infancia, situaciones de violencia y la lucha por adaptarse a un entorno complicado. “Normalicé ese silencio, esa soledad”, confesó, rememorando cómo esos traumas tempranos moldearon su carácter y, en parte, su destino.
Pese a las adversidades, el talento innato de Rosende con el balón lo llevó a destacar en equipos locales y, posteriormente, en el profesionalismo. Su llegada a Mendoza, para jugar en Independiente Rivadavia, marcó un punto alto en su carrera. Los hinchas aún recuerdan sus goles que llenaban estadios y alimentaban ilusiones. Sin embargo, Marcelo no lograba escapar de los fantasmas internos. “Siempre tuve conflictos de personalidad, vergüenza, sentía que no pertenecía”, reconoció.
El punto de quiebre llegó en una noche fatídica en Venezuela, donde probó cocaína por primera vez. “Pensé que podía controlarlo, que solo sería algo ocasional”, explicó. Pero la sustancia se apoderó de su vida. Pronto, su consumo no solo afectó su rendimiento deportivo, sino también su vida personal. Perdió contratos, amistades, su hogar y, sobre todo, la confianza de su familia. “Un hombre sin sueños no es un hombre”, reflexionó.
Marcelo describió la adicción como una enfermedad silenciosa y progresiva. La negación se convirtió en su mayor enemigo. A pesar de los problemas crecientes, continuó cayendo más profundo hasta que terminó privado de su libertad. “La adicción es una enfermedad que no solo destruye tu cuerpo, sino también tu esperanza y tu dignidad”, expresó con crudeza.
La internación marcó un antes y un después en su vida. Aunque el proceso fue largo y doloroso, Marcelo encontró en el teatro terapéutico, el trabajo en el ámbito de la discapacidad y los estudios una forma de reconstruirse. “Dejé la cocaína, pero entendí que no era solo eso. Había que sanar las raíces del problema”, comentó.
Hoy, Marcelo Rosende es un testimonio viviente de la resiliencia. Reconoce las recaídas y los errores, pero también celebra el milagro de estar vivo. Su historia es un llamado a hablar, a no normalizar el silencio y a buscar ayuda. “Contar mis miserias no es fácil, pero lo hago para que otros no sientan que están solos”, afirmó.
